Cuentos íntimos: Aprendizaje

Breve relato presentado al “I certámen de Relatos” en el blog La voz de Astarielle

Aprendizaje

Violeta emitió un jadeo ahogado cuando su mundo quedó a oscuras. Se mordió el labio inferior tratando de controlar los temblores de las manos, luchando contra el deseo de arrancarse la venda que él acababa de ponerle.

– ¿Te aprieta? – susurró Mario en su oreja con mucha suavidad. El timbre ronco de su voz recorrió la piel de Violeta, que se estremeció visiblemente. Negó con la cabeza. – ¿Nerviosa?

– S-sí – reconoció ella con un gemido, con una nota de pánico en la voz. Mario apoyó las manos en sus delicados hombros y depositó un beso en su cabeza.

– Confía en mí. Hemos hablado, sabes lo que voy a hacer y sabes que no haré nada que no quieras – deslizó los dedos por los brazos de la joven y entrelazó sus manos con las de ella. – Y ya sabes, que si no quieres continuar, solo tienes que decírmelo. ¿Entendido?

Ella asintió con más seguridad. Mario cerró un momento los ojos y soltó el aire que había estado contendiendo todo el tiempo mientras daba un paso atrás, alejándose de Violeta. Lo más importante ahora era mostrarse seguro, evitar por todos los medios que ella pudiera percibir que él también estaba nervioso. No tenía ninguna experiencia en este campo, al menos no una experiencia práctica; había estado investigando sobre el tema durante varios días hasta que una mañana, decidió que se sentía preparado. Ahora, toda esa determinación ya no era tan firme. Ahora, se daba cuenta de la magnitud de la situación: Violeta estaba en sus manos, era su responsabilidad. Y ella confiaba en él.

No iba a negar que tenía miedo, mucho miedo. Lo último que quería era hacerle daño, o que ella se sintiese insegura. No quería estropearlo todo. No soportaría su pérdida, no soportaría que ella le pudiese mirar con miedo, recelo u odio. Tales pensamientos eran tan abrumadores que le aplastaban el pecho y no lo dejaban respirar. Sacudió la cabeza. No, no había lugar para la vacilación. No ahora que ella estaba ahí, con los ojos vendados, preguntándose qué era lo que Mario había preparado para ella. No ahora que ella esperaba entregarse a él completamente. En toda batalla, suponía una ventaja táctica elegir bien el terreno. Para la ocasión, había escogido un lugar en el que ella pudiera sentirse más segura: su propia habitación. Se acercó a ella nuevamente y con suavidad, apoyó una mano entre sus omóplatos, empujándola hacia la cama de su cuarto.

– Sube a la cama y túmbate boca arriba, por favor.

Aunque había sido una petición, el tono de su voz se endureció para formar una demanda. Se sentía un poco estúpido tratando de imponerse de esta manera, pero cuando Violeta asintió y se acercó a tientas al borde de la cama, una extraña sensación de regocijo le recorrió el espinazo. Observó que ella subía y hacía lo que él había dicho, se tumbó de espaldas y se quedó completamente inmóvil, como una estatua. Vestía sus prendas de encaje malva que tan bien le quedaban. Él sentía una extraña fascinación morbosa por ver a su chica cubierta por lencería del mismo color que su nombre. Lentamente, se aproximó a ella y se recreó en las voluptuosas curvas de su cuerpo. Tenía los muslos lustrosos, las caderas anchas y los pechos redondos; la frente pequeña, la nariz redonda, los labios gruesos y el mentón terco. Violeta era una muchacha valiente, acceder a realizar esta fantasía junto a él lo llenaba de orgullo. La complacería como era debido, como ella se merecía. Con decisión, se acercó a la cama junto a ella. Estaba rígida, con los puños apretados a las sábanas. Mario deslizó los dedos por su brazo desnudo con delicadeza hasta rodearle la muñeca. Tiró levemente, pero ella estaba agarrada a la tela como si le fuera la vida en ello. Escuchó que exhalaba una larga bocanada de aire. Estaba tensa, muy tensa.

– Relájate, nena – le susurró, transmitiéndole seguridad.

Ella tragó saliva y asintió, vacilando unos segundos antes de soltarse. Cuando liberó la sábana, Mario dirigió la mano de Violeta hacia arriba, poniéndola por encima de su cabeza. Hizo lo mismo con la otra mano y cuando las tuvo juntas, deslizó la cinta de seda púrpura que había comprado el día anterior, un color pensado especialmente para ella. Ella ahogó otro jadeo y se removió con inquietud al descubrir que tenía las manos atadas a la cabecera.

– No te muevas – ordenó él. Ella gimió y el muchacho, incapaz de verla sufrir, se inclinó para regalarle un beso corto y suave, un roce húmedo. Ella quiso reclamarle un beso más largo, pero Mario se retiró rápidamente. No quería mostrarse piadoso ni compasivo tan pronto y tampoco hacer concesiones; pero había que ir despacio y se dijo que Violeta tendría que resistir un poco. Sabía que ella no era de cristal y que lo soportaría todo, de lo contrario, estaría gritándole que la soltara. – Violeta, quieta – exigió con el ceño arrugado y los dientes apretados. Ella lo hizo y Mario suspiró de alivio.

Recreándose en la hermosura de la joven, el muchacho acarició su cadera, deslizando las caricias por su vientre. Ella se agitó, pero no rechazó el contacto. Mario sintió en la punta de los dedos la cálida suavidad de la piel femenina, sus temblores y su agitada respiración. Dejó vagar las manos por todo su cuerpo, desde el cuello hasta los pies, evitando tocar las zonas cubiertas por la lencería. Ella se relajó poco a poco y un suspiro brotó de sus labios, un sonido que fue directo al interior de sus pantalones. Era el momento de pasar a la ofensiva.

Ella soltó un grito ahogado cuando Mario cubrió su entrepierna con la mano. Él comprobó con satisfacción el calor abrasador que desprendía el sexo bajo la palma y empezó a acariciarla por encima de la tela ligeramente húmeda.

– ¿Te gusta? – le preguntó sobre los labios. Ella movió la cabeza asintiendo y él decidió que era momento de proceder. Subió la mano hasta el borde de la prenda y la deslizó por sus muslos hasta retirársela por los pies. Violeta tragó saliva al verse repentinamente expuesta, ahogándose en sus propios jadeos. – Separa las piernas- exigió el muchacho. Obedeció mansamente, pero con miedo. – Precioso – alabó. Aquellas palabras hicieron hervir la sangre de Violeta, cuya piel se ruborizó. De pronto, Mario cogió uno de sus tobillos y lo rodeó con algo suave. Cuando tiró, descubrió que también estaba atado y su otro pie no tardó en quedar igual que el otro. No pudo cerrar las piernas.

– Mario…- gimió.

– No hables. No te he dado permiso.

La voz del adolescente había desaparecido y ahora estaba con un hombre. Violeta se vio aplastada por la potencia de su exigencia y cerró la boca. Las manos del muchacho descubrieron sus pechos sensibles y sus abrasadores labios cubrieron una de las tiernas cimas. La lengua arañó la tierna piel y los dientes apretaron enviando un intenso latigazo de placer que estalló entre sus piernas. La cabeza empezó a darle vueltas, pero cuando Mario abandonó su pecho, le mordió el otro con algo más de fuerza. Quiso decirle que fuera más despacio, pero no lo hizo, y el muchacho la saboreó con vehemencia. Violeta tiró de las cintas que ataban sus manos, anhelando acariciarle, sentirle en los dedos, pero era imposible. Levantó el pecho para que las caricias fuesen más intensas, pero cuando lo hizo él se retiró.

– No me tientes – y le dio una palmada en el muslo que resonó por toda la habitación, llenándola de vergüenza. Tiró de las cintas de los tobillos dispuesta a darle una patada, pero las manos de Mario no permanecieron ociosas. El cuerpo de Violeta sufrió una violenta convulsión cuando los dedos invadieron su indefenso sexo sin encontrar ninguna resistencia. – Qué suave – murmuró Mario con adoración. Violeta sintió un aluvión de deseo abrasándole todas las terminaciones nerviosas, quemándole las entrañas, se quedó sin respiración. Él no le permitió recuperarse de la impresión, de pronto, Violeta se escuchó a si misma lamentarse sonoramente, gozando de aquellas caricias profundas. – Y qué caliente estás… me encanta.

Las palabras hicieron que le subiera más la fiebre. Quiso hablar, pero Mario le cubrió la boca y ahogó sus protestas sin dejar de penetrar su dulce sexo. Las lágrimas le saltaron de los ojos, humedeciendo la venda. Mario tenía las manos grandes, era un boxeador y sus dedos podían alcanzar lugares de su interior que ella no creía que existían. Tenía tanta fuerza, la complacía con tanta firmeza, que el orgasmo fue devastador y durante unos instantes, sintió que saltaba al vacío y que caía.

Sus palpitaciones no habían cesado cuando sintió el calor del cuerpo de Mario. Negó con la cabeza, luchando contra el deseo, el miedo y un sentimiento que no lograba identificar. Estaba llena de pánico, sentía que aquel placer dolía, que era demasiado intenso para ser cierto, que era dañino. Pero sus muñecas estaban firmemente sujetas, igual que sus tobillos y por eso no pudo impedir verse colmada por la inmensa y ardiente virilidad que se hundió en su sexo, arrollándola como un alud. Se quedó sin aire, Mario retiró la mano de sus labios y la besó tiernamente. Violeta apenas distinguía otra cosa que no fuese el enorme cuerpo de su hombre tumbado sobre ella, empujándola contra el abismo de otro clímax de dimensiones catastróficas. Gritó su nombre cuando sus ojos se nublaron, su cuerpo tembló descontrolado y él no cesó en sus atenciones hasta derrumbarse exhausto sobre ella.

Poco a poco, la realidad se abrió paso entre ellos. Mario le quitó la venda y la miró a los ojos, soltándole las manos, besando sus muñecas enrojecidas. Le soltó los pies y cuando ella creía que todo terminaría ahí, la hizo girar sobre la cama y le ató las manos a la espalda.

– ¿Q-qué haces? – preguntó alarmada.

– Enseñarte todo lo que he estado planeando – pronunció con la voz ronca. – Te quiero, te quiero tanto, que no puedo separarme de ti… – alargó las manos, cogiéndola del cabello y de la barbilla, obligándola a que le mirase. – A partir de ahora, y hasta que no lo resistas más, seré tu Señor y tu mi querida sumisa. Confía en mi.

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